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jueves, 13 de febrero de 2014

TOSHIMAEN ONSEN, UN PEQUEÑO RINCÓN PARA VOLAR DE TOKIO

Ya estamos a viernes, y como empieza un nuevo fin de semana os voy a recomendar un sitio para vuestra próxima visita a Japón. Cuando uno viene a este bonito país, no puede dejar pasar la experiencia de probar los famosos baños termales: aguas calientes de origen volcánico con propiedades relajantes y, dicen, en algunos casos curativas. Sea como fuere, lo cierto es que es todo un rito en este país y forma parte de su cultura y tradiciones.

Muchas son las opciones para disfrutarlo repartidas por todo el territorio, aunque si se dispone de tiempo siempre es recomendable irse bien lejos, a un pueblo perdido en la montaña, para exprimir la experiencia al máximo. Para cuando no dispongamos de ese tiempo, los que vivimos en Tokio también tenemos otras buenas opciones y, desde luego, un poco más a mano. Si miráis en cualquier guía de viajes, vuestros huesos darán sin remedio con el onsen Monogatari, situado en la isla artificial de Odaiba. Buen sitio, sin duda, porque Odaiba es visitada obligada por sus vistas sobre la bahía de Tokio, pero con los inconvenientes de la masificación de gente que hay allí y de que encontraréis 3,4 guiris por metro cuadrado.

Pero aquí viene el Tío Chiqui para ofreceos una alternativa saludable y simpática. Toshimaen onsen se encuentra a un paso de Tokio y tiene un concepto similar al Monogatari: baños termales urbanos donde distraerse de la rutina diaria, pero desde luego en un ambiente japonés mucho más auténtico y sin tanta aglomeración de personas.




Una de las principales diferencias es que en este onsen podréis encontrar amplia una zona mixta de piscinas interiores y exteriores, lo que es recomendable si viajáis en pareja. Después se encuentran las áreas separadas por sexos con todo lo indispensable para disfrutar de la experiencia, principalmente si, como fue nuestro caso, vais en un día de frío invierno. Además, dentro de las instalaciones hay restaurante, cafetería, servicio de masajes y una zona donde descansar viendo la televisión o durmiendo una siesta como la que un servidor se pegó a pierna suelta tras degustar un poco de sashimi fresco.





Un pequeño rincón más para relajarse entre el ajetreo de la gran capital japonesa. Ahora sólo tenéis que comprar uno de los vuelos a Tokio y en un ratico estaréis sumergidos en cultura japonesa de la buena.

Nombre: Toshimaen Garden Spa
Dirección: 3 Chome-25-1 Koyama Nerima, Tokyo 176-0022
Web:  http://www.niwanoyu.jp (sólo en japonés)


¡Feliz fin de semana!

domingo, 26 de mayo de 2013

SARUSHIMA 猿島

Sarushima significa literalmente Isla de los Monos, y es un pequeño archipiélago (de aproximadamente 5 hectáreas) deshabitado y situado frente a las costas de Yokosuka, en la prefectura de Kanagawa. Tras ser usada con fines militares y de defensa en el pasado, después de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en reserva marina y lugar de recreo, utilidad que se conserva en la actualidad. 

 

Es un isla plagada de vegetación, y debido a sus numerosos acantilados,  sólo accesible en barco por la única playa que se encuentra en uno de sus costados. Lugar que no nos quedó más remedio que escoger para desembarcar allí la pasada semana. Porque allí acabamos unos cuantos amigos por la invitación que Joaquín nos hizo unos días antes. Una amiga suya organizaba una barbacoa multitudinaria, y nosotros nos acoplamos al abrigo del calor que el verano ya nos dejaba sentir tímidamente.



El plan era casi desconocido para nosotros. Pero resultó que era un grupo de amiguetes que todos los años organiza este evento. Unos 100 japoneses y los gaijines de la foto de arriba nos disponíamos a pasar un día de playa bueno; con barbacoa, cervezas y juegos varios incluidos. No sabíamos nada más, pero lo que teníamos claro es que estaría bien organizado, porque rara vez te encuentras aquí una fiesta así sin una organización medida al milímetro. Y en efecto, no nos equivocamos, aquello estaba montado como está mandado. Eso sí, la hora de beber cerveza estaba prevista a partir del mediodía, y por tutatis que hasta las 12:00:00 no nos dejaron abrir una lata..."porque aún no era la hora". Disciplina espartana en una reunión de amigos.


El Tío La Vara poniendo orden entre tanta tontuna

Y como no podía ser de otra forma, la Isla de los Monos nos trató como a uno más de los hijos de su tierra. Nos sentimos como en casa, a gustico. Nos reímos bastante, se nos quemó la cara al sol (otra vez) y apuramos hasta que allí no quedaban ni las águilas para coger el último barco con destino a Tokio. Sin lugar a dudas un gran día y un interesante descubrimiento para próximas barbacoas y saraos.


*Cómo llegar: línea Keikyu desde la estación de Shinagawa hasta Yokosuka Chuo (45 minutos, 620 yenes). Desde la estación de trenes hay un trayecto a pie de diez minutos hasta el puerto, donde salen ferrys cada 30 minutos hacia Sarushima (10 minutos, 1080 yenes i/v).

domingo, 9 de diciembre de 2012

A VISTA DE FUJI

Nos retrasamos por unas cosas u otras y, aunque no salimos demasiado tarde de Tokio, la noche ya se cerraba sobre las vías de la estación de Shinjuku, cuando alcanzamos el andén que nos prometía llevarnos tan cerca como fuera posible del monte sagrado. Tras unos buenas ratos de conversación en trenes locales, llegamos al fin a Kawaguchiko, donde tras cuatro palabras y seis gestos nos enteramos de que el transporte público se había ido a dormir, y que el taxi era nuestra única opción para ir hacia el hostal que habíamos reservado para pasar la noche.

Bordeando el lago Yamanaka fuimos a parar a la entrada de un camino, donde un cartel indicaba la localización de nuestro ryokan. A la  mañana siguiente iríamos a animar a Oskar, que corría la media maratón del Fuji, a sólo unos kilómetros de allí. Con un poco de suerte, incluso llegamos a tiempo de cenarnos un ramen en un restaurante aledaño al hotel, y de comprar unas cervezas para disfrutarlas sobre el tatami un poquito más tarde. 

No recuerdo a qué hora caímos rendidos en los futones, pero si que sé que a las 5 de la mañana, con las primeras luces del alba, Guillermo y yo nos asomamos al ventanal congelado de la habitación, para darle los buenos días a un viejo amigo, a aquel que tantas veces se hace el remolón para no dejarse ver, como si le pudiera la timidez de verse observado por miles de personas cada vez que decide asomarse entre las nubes.

Amanece frente al Monte Fuji.





Tras el desayuno, y después de haber sacado a la fuerza a Maldita Nerea del futón, fue el momento de pasear hasta la orilla del lago para no perder un minuto del pedazo de sol que nos hizo ese día. Os prometo que es imposible apartar la mirada de esa montaña mientras permanece visible, es muy difícil que una foto te salga rematadamente mal cuando tienes un modelo semejante delante.






Por último, os daré un pequeño consejo. Casi todo el mundo que quiere ver el Fuji se va a Hakone, donde en mi opinión las vistas son peores, y además la masificación turística le quita parte del encanto al lugar. Así que, si es que me lo estáis preguntando, os diré que considero mucho mejor sentarse tranquilamente junto a los lagos Kawaguchi o Yamanaka, donde el silencio y la naturaleza os dejarán disfrutar plenamente de este peculiar coloso.

¡Buena semana para todos!

* Así lo contó el loco del Lorco. Tenéis más entradas sobre el Monte Fuji aquí (cuando subí el monte este verano) y aquí (donde lo ví por primera vez).

miércoles, 26 de septiembre de 2012

NICHITSU, EL PUEBLO FANTASMA

Asomaba tímido el verano cuando recibimos la invitación por correo de Pablo para una misteriosa excursión. Iríamos a pasar al día a Nichitsu, una pequeña ciudad enclavada a las faldas de una mina que dijo basta allá por los años ochenta. Los que allí trabajan emigraron hacia tierras más prósperas dejando atrás sus casas y sus recuerdos intactos. Pues bien, la idea era adentrarnos en aquel poblado abandonado para hacer algunas fotos en un arte que algunos han acertado a llamar Haikyo (廃墟). A nuestra llegada fuimos avisados de que no éramos bienvenidos a cruzar el umbral, ofensa a la que nuestra representante Nerea respondió como sigue.


Detrás de lo prohibido nos esperaba un pueblo lleno de viviendas donde el paso del tiempo había desgastado muchos de los materiales, pero donde sorprendentemente otras cosas permanecían en un estado muy bueno, dando la sensación de que pocos habían pasado por allí antes que nosotros.





Entre suelos podridos que crujían bajo mis pasos me peleaba yo por hacer alguna foto decente con la cámara que un día fue de Oskar. No pasaba excesivo miedo por aquello de la protección del grupo, pero en cuanto me ponía a investigar un poco a mi bola y me perdía por las estancias de algún edificio la cosa cambiaba, y ante el primer ruido extraño buscaba como un cachorro el amparo de la manada para escapar de mis temores infundados. Lo que uno no espera, desde luego, es que en un sitio abandonado durante treinta años, al coger el teléfono, siga dando línea.





Entra habitaciones, baños y cocinas varias lo más impactante estaba por llegar. Localizamos lo que había sido un hospital-clínica y para dentro que nos fuimos. Algunas habitaciones para pacientes al principio del pasillo daban hacia un pequeño quirófano, un espacio donde se practicaba la odontología y un laboratorio. Éste último conservado de una excelente manera, con muchos de los recipientes y reactivos todavía colocados en su estante cubiertos del polvo que había dejado el paso de los años. Acojonante esta parte.







La visita duró todo el día, y terminó en un edificio de dos plantas que parecía haber servido como residencia para estudiantes. En éste concretamente, daba la sensación de que la gente había tenido que irse a toda prisa de sus casas. Muchos de los objetos personales y cotidianos seguían intactos, y se hacía divertido intentar adivinar qué tipo de personas habitaban aquellas habitaciones observando sus pertenencias. Aún  no alcanzo a entender como un lugar así puede permanecer tres décadas en ese buen estado de conservación, pero sinceramente me alegra que todavían puedan pasar cosas así.





¿Quién hay ahí maldita sea?

*Así lo vivieron Guille y Nerea.

jueves, 2 de agosto de 2012

CUENTA PENDIENTE


Hace ahora casi dos años desde que lo ví a lo lejos por primera vez, desafiante sobre el claro horizonte, presumido y arrogante sabedor de que es probablemente el monte más bonito que existe. Al fin y al cabo sólo es una montaña sí, pero cualquiera que visita Japón viene con la ilusión marcada de poder verlo, de buscar ese día claro, ese descanso de la bruma veraniega, ese lugar en lo alto que le permita contemplarlo por un sólo instante. Pero este señor de tierra y fuego posee un atractivo que va más allá de su fama planetaria. Sin saber muy bien por qué es una alegría verlo aparecer cuando las condiciones climatológicas lo permiten, lo ves y te ríes, aunque ya lo hayas contemplado muchas otras veces. Esto es así.

En aquel día de noviembre llegamos a sus faldas e incluso nos permitimos encaramarnos unos metros por encima de la estación número cinco. El Monte Fuji sólo se sube en verano y se presenta como una peregrinación que todo japonés debería hacer una vez en la vida. Esto podría hacernos pensar que alcanzar su cima es un espectáculo para todos los públicos. Nada de eso. Hay que tener en cuenta que el pico se encuentra a más de 3700 metros de altura y que para subirlo desde la estación 5 se debe salvar un desnivel de más de 2000 metros. Una odisea que lleva unas 7 horas de ascenso que se suelen hacer durante la noche con la idea de ver amanecer desde el cielo.

Donde dije digo, digo Diego y este sábado voy a intentarlo con otros siete valientes expedicionarios. Es seguro que las pasaremos canutas, esperemos que no sea eso lo que recordemos cuando el tiempo se lleve los dolores y lamentos. La sabiduría popular parece estar con nuestra causa; así un proverbio japonés reza "Un hombre sabio sube el Monte Fuji una vez en su vida, sólo un necio lo sube dos veces".

Actualización 06/08/12


¡Conseguido!


*Y suscribo, a posteriori, las acertadas palabras de aquel hombre que también estuvo allí arriba: "Un hombre sabio sube el Monte Fuji una vez en su vida, sólo un necio lo sube dos veces". Bien dicho amiguete.

martes, 20 de marzo de 2012

NOKOGIRIYAMA 鋸山

Era el primer día de primavera y había llegado el momento de vengarse del maldito invierno. Amaneció afortunadamente soleado y a las siete y media ya viajábamos en tren rumbo a nuestra cita con la montaña. Los guantes y el abrigo empezaban a sobrar; estábamos saliendo de la cueva donde tantas tardes habíamos esperado este calor. Desde Kurihama cruzaríamos la bahía de Tokio en barco para llegar a los pies del monte Nokogiri, una elevación de 330 metros que posa orgullosa frente al mar.



Como se ve en el mapa, hay distintas rutas para alcanzar la cima de esas extrañas paredes de piedra. Una vez encuentras el (mal señalizado) principio del camino ya no hay problema. Las sendas están bien marcadas y sólo hay que decidir por dónde se quiere subir. La parte de la izquierda (mapa) es de libre acceso y tiene un bonito mirador en la cima. Ese fue nuestro primer destino. Tras treinta minutos de ascenso nos dábamos de bruces contra los impresionantes muros.



Fue una sensación rara; muros de piedra que ofrecían cortados de una enorme altura y que parecían artificales formaciones en plena naturaleza. Rápidamente nos vimos sumergidos entre lo real y lo ficticio, atrapados en los escenarios donde antes vivieron los protagonistas de Perdidos o El Señor de los Anillos. Naturaleza irreal donde se intuía la mano del hombre. O de lo que fuera que por allí hubiera pasado.









Tanto habíamos viajado sin quererlo que nos pareció llegar a las puertas de la mismísima Moria. Las grandes minas imaginadas por el maestro Tolkien nos invitaban a atravesar su misterioso paso para cruzar al otro lado. En aquel instante nos dimos cuenta de que no estábamos sólos. Podíamos sentir con claridad una extraña presencia que acechaba nuestros pasos. Y no parecía que hubiera venido a hacer amigos.









Impresionante el lugar que hace ya más de ciento cincuenta años fuera una cantera, lo que convirtió esta zona montañosa en un paisaje rocoso de fantasía con formas imposibles. Impecable es como mantienen los Enanos la limpieza de las minas.

Dejando atrás las historias con Jack y Frodo, nos dirijimos al primer mirador. Para variar, y como pasa aquí siempre, se comenta que se puede ver el Monte Fuji en días claros. Ni de blas. El que quiera ver el Fuji que se vaya allí directamente, al ladico, a tocarlo con la mano, que así es la única forma en que lo verá seguro.



En cualquier caso eso no desmerecía las vistas en absoluto. Tras tomar aliento nos dirijimos hacia el siguiente punto: visitar los budas de piedra y el famoso mirador colgante (mapa, derecha). Media hora de escaleras abajo y escaleras arriba después habíamos llegado entre dos paredes gigantes que señalaban la entrada (600 yenes adultos, 400 niños). En unos pocos metros más encontramos la estatua de Buda que me ha impresionado más de las he visto hasta ahora.





Desde ese punto ya se puede observar la cima. Sólo nos quedaban otros ocho mil doscientas escaleras y estaríamos difrutando de más y mejores vistas. Una vez coronamos, escogimos un rincón al sol e improvisamos un pequeño picnic campero. No se habrían terminado las sorpresas todavía.

Una especie de aguilucho mamón se lanzó en picado hacia el tupper de croquetas de jamón (tonto no era) pasando a 20 cm de nuestras cabezas y consiguiendo arramblar con dos de ellas. A los treinta segundos, ya eran tres las rapaces carroñeras que hacían amago de lanzarse a por más, por lo que, vil y cobardemente, tuvimos que levantar el campamento y refugiarnos debajo de la frondosa vegetación.







Nos quedaba la visita al Buda más grande de Japón. Treinta y un metros de piedra esculpidos por 28 monjes que, no contentos con ello, también se curraron otras 1500 estatuas de Buda que se pueden contemplar en los caminos de acceso al templo donde se encuentra el Gran Buda. Resultaba imponente la enorme imagen entre ciruelos ya florecidos. La primavera había venido para quedarse amigos.





Un excursión de un día genial para estrenar el buen tiempo y estirar las piernas para la que se nos viene encima. Y a un pasico de Tokio. Nosotros para la vuelta optamos por coger el teleférico que nos dejó en el pequeño pueblo pesquero de Hamakanaya en dos minutos por 500 yenes. Pero allá del que tenga piernas para coger montaña abajo.

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CÓMO LLEGAR (desde Tokio)

1.- Tren. Estación de Shinagawa (Línea Keykyu) hasta la estación de Keykyu-Kurihama (aproximadamente 1 hora).

2.- Dirigirse al puerto de Kurihama (15 min andando, 5 min en bus o taxi).

3.- Barco. Tokyowan ferry desde Kurihama a Hamakanaya (1375 yenes i/v). Horarios aquí.
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