martes, 26 de abril de 2016

RUTINAS DE UNA VIDA SIN RUTINA

Segundo capítulo del videoblog. 

Esta vez para hablar de la vida diaria cuando se está en medio de un viaje largo. 

Desde Macao, con amor.



miércoles, 13 de abril de 2016

CÓMO HACERSE VIVIDOR

Desde hace algún tiempo no tan lejano, mis pasos se han vuelto desmesuradamente pausados. Tengo la sensación de disfrutar más y mejor de cualquier cosa cuando la recibo sin prisa, la trato como se merece, y le busco un final digno antes de despedirnos. No me entendáis mal, me encanta la desmesura, pero no estamos hoy tratando ese asunto. Otro día. Sin prisa.

Así de sosegado y silencioso vuelve este blog. Para contar en este vídeo que tras muchos días llenos de meses, mi vida entra en una nueva etapa en la que voy a poner todas mis fichas en el centro de la mesa para intentar hacerme vividor a jornada completa. 

Os he echado de menos, gracias por seguir al otro lado.

lunes, 6 de julio de 2015

EXPERIENCIAS EN MIAMI

Después de más de veinte horas de vuelo, había llegado por fin a ese lugar que tan popular se encargaron de hacer en mi cabeza los medios de comunicación durante mis años de tierna infancia. La paliza de viaje desde Tokio había sido severa, y nada más aterrizar me dirigí a recoger el coche de alquiler que había reservado previamente.

Alquilar un coche en Estados Unidos es algo que hay que hacer, ya que las distancias son grandes y en ocasiones el transporte público deficiente, y eso hace que todo el mundo esté obligado a motorizarse. No sería la primera vez, a mi mente venían por decreto recuerdos de aquella tremenda Ruta 66 atravesando las dunas del desierto en nuestro Mustang descapotable.



Iba conduciendo un coche de camino a Miami Beach y me habían atendido en español en la empresa de alquiler; los contrastes con mi vida japonesa empezaban a sucederse de forma vertiginosa. Sin duda, recuerdo aquellos minutos cruzando los largos puentes sobre el mar, con la ventanilla bajada dejando entrar el aire, como uno de esos preciados momentos que guardaré para siempre en el rincón de mis tesoros viajeros.

Había decidido sacrificar mi pasión por los hoteles esta vez por dormir cerca de la playa. Los alojamientos son caros aquí, como casi todo, y después de buscar más y más información, reservé un hostal de pinta dudosa, pero situado frente a la mítica costa americana. Alegría porque estaba localizado en todo el meollo de Miami Beach, y esa era la idea, tomarle el pulso a la zona desde el propio corazón de la misma. Tristeza porque limpieza e instalaciones dejaban mucho que desear, aunque simplemente estaba recibiendo lo que había pagado. La vista que tuve al levantarme a la mañana siguiente, eso sí, no admitía discusión.



Una vez tomé un pequeño desayuno que no pasará a la historia de los grandes amaneceres, fui al encuentro de esa playa que tanto ha dado que hablar. Era hora de confirmar si sería tan espectacular como se cuenta, y llena de gente guapa y musculada patinando por el paseo marítimo.



Y tengo que reconocer que no está mal. Una playa muy ancha, muchísimo, tanto que incluso con el habitual gentío que se mueve por la zona no puede intuirse repleta en ningún momento. Unas aguas relativamente claras y mucho postureo de ellos y ellas que lucen cacha mientras se tuestan al sol. Siendo curioso, no es mi ideal de costa, y me sigo quedando con lo que he visto por Tailandia, Filipinas o, principalmente, con aquel lugar remoto y absolutamente perfecto que acabaría descubriendo algunos días después en Bahamas.




Pero señora, el verdadero espectáculo de Miami realmente no está en la arena de sus playas, sino en los muchos bares que pueblan los alrededores, donde la diversidad de culturas e idiomas convive con la opulencia desenfrenada de la cultura americana. Todo es mucho más grande aquí; consumismo, abundancia y exuberancia en estado puro.

Me temo que en este pequeño pedazo de Cuba, eres lo que tienes, y eso es todo lo que vales. Si no dispones de dinero o, al menos, de alguna forma de que lo parezca, lo tienes realmente complicado para acceder a todo lo que allí se ofrece.



Y es que en América, el tamaño importa. Y mucho.

martes, 23 de junio de 2015

VOLVER


Los que vivimos en Japón nos topamos cíclicamente con una noticia que, llenándonos de orgullo y satisfacción momentánea, nos acaba siempre por defraudar como un fugaz y frustrado amor de verano.  Me refiero, en este caso, al anuncio del añorado vuelo directo que una por fin nuestros dos países, y que nos haría sin duda que volver a casa fuera más cómodo y accesible.

Actualmente la única opción de llegar a Tokio u Osaka es hacer escala. Las opciones de vuelos son, eso sí, variadas en cuanto a localización, precio, horarios y calidad. Lo más corto es sin duda hacer la parada en Europa, pero es evidente que las compañías aéreas del viejo continente cada vez convencen menos con sus servicios, y muchas veces es preferible aceptar unas pocas horas más de trayecto para disfrutar de empresas como Emirates o Qatar Airways, que hacen el mismo trayecto haciendo escala en los aeropuertos de Dubai y Doha respectivamente. Si lo que nos interesa es el precio, depende de la época del año encontraremos opciones para volar de unos u otros, pero las que suelen tener las tarifas más económicas durante todo el año suelen ser la rusa Aeroflot o la asiática Air China. Allá cada cual con sus gustos y exigencias.

Y es que volver a casa nos es una necesidad vital. No    lo    es. Pero sí es una obligación emocional que nos mantiene unidos a nuestras raíces, a los pueblos que sentimos muy dentro, y de los que decidimos irnos un día ya lejano por aquellas caprichosas circunstancias de la vida. Yo me fui porque quise, lo admito y no tengo queja, pero retomar el contacto físico con los míos me hace falta cada cierto espacio de tiempo. Y es algo que se repite una y otra vez, y que no te deja dormir tranquilo hasta que no haces cuentas con los que te quieren y les pagas con creces hasta el último abrazo que les dejaste a deber.

Esta mañana he vuelto a ilusionarme leyendo lo que muchas otras veces tuve que leer en esta noticia. Parece que debemos ser más optimistas en esta ocasión, ya que Aena está ya sentada a la mesa con varias compañías aéreas discutiendo la posibilidad de hacer realidad el vuelo Madrid-Tokio, y lo que es más importante, conseguir que estos sea posible durante este 2015 con una frecuencia de al menos tres vuelos semanales en cada sentido.



Sólo el tiempo nos dirá si finalmente fragua este proyecto que, a buen seguro, dará un impulso tanto  a las relaciones entre ambos países como al turismo de uno y otro lado. A nosotros, a unos pocos irreductibles que resistimos en la aldea nipona, nos acercarán un pasito más a nuestra tierra; esa tierra que a veces necesitamos sentir bajo nuestros pies para poder seguir caminando por el mundo.

miércoles, 27 de mayo de 2015

SÓLO EN JAPÓN

Se dice que uno nunca se da cuenta de lo que tiene...hasta que lo pierde. Esto puede ser más o menos cierto dependiendo de lo que ocupe la conversación que estamos teniendo. Lo que si parece más creíble es que a veces nos despistamos y se nos olvida valorar lo bueno que nos está ocurriendo en un momento concreto de la vida.

Ayer me tuvieron que recordar una de las cosas que más me gustan de vivir en Japón, de esas que en silencio te hacen la vida más fácil, relajan tu espíritu y te ayudan a vivir en paz con lo que te rodea.

Del siguiente vídeo os hablo:


Una explicación gráfica tan simple como compleja de la honradez de este pueblo. Y es que las cosas se construyen desde la base, y entender la educación como una cuestión de respeto a los demás no es más costoso que cualquier otra forma de educar, pero en este punto concreto es evidentemente mucho mejor.

También podrían venir los que nunca se creen nada, a decir que todo está manipulado y que esas imágenes no demuestra nada. Cierto, Jordi Hurtado, pero no me habrás oído a mí decir tal cosa. Sólo te cuento que la realidad que yo he vivido estos años en Japón me ha demostrado que la gran mayoría de la gente es así de honrada, humilde y respetuosa. Este vídeo sólo me ha servido como recordatorio de una realidad que la experiencia se ha encargado de demostrarme.

Y si no quería yo caldo, pues dos tazas. Hace escasos diez minutos he pasado frente al rincón de objetos perdidos de la cafetería, y allí me he topado con una de esas cosas que me hacen sonreír, todavía, después de tanto tiempo aquí: mil yenes (casi diez euritos) esperando tristes y desconsolados a su dueño, que supongo que sonreirá mucho más que yo cuando se encuentre con ellos y se de cuenta de que, si todos somos buenos, esto funciona.