Recibo en mi buzón una misiva de la oficina que gestiona mi bloque de apartamentos. En la cabecera reza: "Modificación del servicio de internet". Mal rollo. Nuestra conexión depende de una empresa externa que cada uno contrata de forma individual y privada, pero siempre a través de la agencia gestora. Eso se ha terminado. Resulta que a partir de ya, se anulan esos contratos y la empresa nos ofrece internet gratuito a todos los residentes.
No creo que sea mi culpa. Todo lo que tenga que ver con burocracia siempre trae consigo malos augurios. De ahí mi pensamiento inicial catastrofista. Pero no te confíes, no bajes la guardia. Un optimista papelote no va a acabar de un plumazo con duros años de entrenamiento. Seguro que lo próximo será el doble de jodido.
Tres semanas después llega el segundo asalto. Esto si que ya no parecen risas. Título del documento: "Nuevas tarifas de alquiler". La explicación es escueta; la cosa cambia a fecha 1 de abril. Me dirijo al personal encargado para que me lo expliquen con más detalle. Con motivo del inicio del año fiscal, han revisado y reajustado los precios de todas las viviendas. "¿Y cuánto me cuesta a mí esta fiesta?", le pregunto a la atractiva empleada mientras agacho la cabeza para recibir el sartenazo. "No señor, no tiene que pagar más, sino ¡menos!". Me reducen el precio casi a la mitad por diversos motivos administrativos que no me interesan en absoluto. Agradecido y estupefacto salgo del lugar pensando en lo ocurrido.
Dos cartas, dos tazas para aprender algo nuevo.


