lunes, 8 de octubre de 2012

CLASES DE COCINA: EL VÍDEO

Mucho os he hablado ya de una de las ideas de las que me siento más orgulloso, así que va siendo hora ya de que me calle. Empezar hace año y medio con las clases de cocina española fue una locura que me ha hecho un poco más cuerdo. Si cabe. Y de propina me ha ayudado a entender ciertas aspectos de la cultura japonesa que desconocía; rincones del carácter que sólo se conocen con el contacto directo entre individuos, con el intercambio de experiencias, con la necesidad de comunicación y la ilusión de transmitir a otros tus sentimientos, tus ideas, tu diferente manera de interpretar lo mismo que ellos ven con diferentes ojos.

Nunca me quedé convencido de haberos contado bien este asunto. Lo he intentado, pero estoy seguro de que mi subjetividad y el orgullo que siento me incapacita para narrar las cosas tal como son. Y ante eso había que mediar poniéndole una inmediata solución. Aunque finalmente no fuí yo quien lo hizo, ya que el gran Carlos Donderis se ofreció a venir el día del aniversario de las clases a grabar con su flamante nueva cámara lo que allí aconteciera. Y en forma de vídeo llegó la solución a este embrollo. De este magnífico vídeo grabado y editado por el tío Carlos, al que tengo que agradecer este detalle y tantas otras cosas.

Poned la música alta y venid a a vivir con Ikusuki y Cads una auténtica clase de cocina. ¡Y para que no os falte de ná tenéis la versión en japonés (primera, Vimeo) y en español (Youtube)!

C




¡UN AÑO YA! ¡FELICIDADES! ¡1年....皆さんおめでとうございます!

lunes, 1 de octubre de 2012

POLÍTICA DE SUFRIMIENTO CERO


No podría concretar en qué momento exacto ocurrió, en cierta parte porque seguramente no pasó de un día a otro, pero lo que es seguro es que de eso hace ya mucho. A donde quiero llegar es a que decidí por entonces sin elegirlo que quería estar lo más contento posible en todos los momentos posibles. Dicho así esto resulta evidente, por lo que me voy a intentar explicar un poco mejor. Bajo mi punto de vista tenemos un tiempo finito de vida (esto es así aunque no nos guste demasiado pensar en ello) y dado lo caduco de este tiempo, entiendo que lo ideal es utilizarlo de manera que se disfrute al máximo. Todos pensamos en esto alguna vez, pero mi idea es acordarme de este pensamiento cada mañana al abrir los ojos.

Esto no quiere decir ni por asomo que para ello haya que estar todo el tiempo haciendo locuras ni viviendo a una intensidad desmesurada, sino simplemente hacer de cada día si es posible una ocasión especial donde siempre pase algo, donde algún detalle haga de esa jornada algo especial. Y hablo de días como de un periodo a corto plazo cíclico de luces y sombras, pero podría decir también una tarde o una mañana, o de 25 minutos como la unidad de medida adecuada para acotar la felicidad. La que sea va bien, pero tiene que ser corta. No me vale con pensar en que mañana será el tiempo de ser feliz, lo único que me convence es sonreir hoy, sentirme a gusto, contento, ilusionado, pero tiene que ser AHORA. Y es que siempre recuerdo que ayer volviste a decir mañana, así que todos sabemos lo que dirás mañana.

Aplicar esta filosofía es más sencillo de lo que parece siempre que no le veas inconvenientes y no te cuesten más las especias que el guisao, que diría mi madre. Pero para eso ya te haces tú las cuentas. En mi caso, y como decía antes, no hablo de tener cosas locas que hacer, ni obligatoriamente disfrutar de lujos, ni que todo pase por lo material. Ni por supuesto tampoco todo lo contrario. Hablo de cualquier pequeña historia que te haga sentir bien, de encontrarte con algo nuevo a cada paso, lo que sea, si buscas seguro que hay millones de cosas que hace tiempo no te concedes como capricho. Así, administro los recursos de los que dispongo en cada momento para hacer lo que me ayude a sentirme vivo. Ejemplifico: que esta noche hay una cena que me apetece ir, pues me auto-pregunto ¿Puedo ir? ¿Da el asunto para ello?, y si así es voy sin pensármelo dos veces, sin tener que pensar en que si no voy, pues igual la semana que viene podría hacer esto o lo otro si me ahorro ese dinero. Que no puedo ir, no pasa nada, busco algo que me motive y que entre dentro de mis posibilidades de ese instante.
Y así lo aplico a cualquier ejemplo que se os ocurra; viajes, deporte, o una simple cita con un amigo que hace tiempo no tenía el placer de visitar. No entra en mis planes ser un "cuando cuando"; personas a las que yo denomino así porque se pasan la vida esperando a que llegue la siguiente excusa para ponerla como excusa de la anterior. Dicen que viajarán cuando cuando acaben la carrera, pero para cuando la han acabado dicen que no tienen tiempo porque están trabajando en una empresa que odian pero que cuando cuando ahorren dinero se cambiarán a otro trabajo que les haga felices. Y entre cientos de cuandos ven pasar la vida entre excusas encadenadas. ¡Ojo!, que me parece perfecto al que le cuadre ese rollo, infinito respeto por cualquier forma de vida, pero que yo no lo veo para mí. Sólo eso.

Ahora bien, mi política de gestión también tiene goteras cuando llueve. No evita de ninguna manera que a veces haya momentos malos que este método no es capaz de solucionar. La tristeza, la nostalgia o la soledad en muchas ocasiones no se pueden esquivar con las decisiones que uno toma a diario. Son fantasmas que vienen, nos recuerdan lo frágiles que somos, y si hay suerte, se marchan para no volver hasta la próxima tormenta. En fin, que mi barca también hace aguas. Pero es mi barca, y por el momento me gusta el rumbo que lleva navegando.

Todo esto podría resumirse en la manida frase "no se puede tener todo", pero prefiero quedarme con otra que refleja mejor mi manera de ver las cosas: "lo cambiaría todo por un poco más".

¡Pasad buena semana!

*Foto tomada en una playa de la Isla de Phu Quoc en Vietnam.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

NICHITSU, EL PUEBLO FANTASMA

Asomaba tímido el verano cuando recibimos la invitación por correo de Pablo para una misteriosa excursión. Iríamos a pasar al día a Nichitsu, una pequeña ciudad enclavada a las faldas de una mina que dijo basta allá por los años ochenta. Los que allí trabajan emigraron hacia tierras más prósperas dejando atrás sus casas y sus recuerdos intactos. Pues bien, la idea era adentrarnos en aquel poblado abandonado para hacer algunas fotos en un arte que algunos han acertado a llamar Haikyo (廃墟). A nuestra llegada fuimos avisados de que no éramos bienvenidos a cruzar el umbral, ofensa a la que nuestra representante Nerea respondió como sigue.


Detrás de lo prohibido nos esperaba un pueblo lleno de viviendas donde el paso del tiempo había desgastado muchos de los materiales, pero donde sorprendentemente otras cosas permanecían en un estado muy bueno, dando la sensación de que pocos habían pasado por allí antes que nosotros.





Entre suelos podridos que crujían bajo mis pasos me peleaba yo por hacer alguna foto decente con la cámara que un día fue de Oskar. No pasaba excesivo miedo por aquello de la protección del grupo, pero en cuanto me ponía a investigar un poco a mi bola y me perdía por las estancias de algún edificio la cosa cambiaba, y ante el primer ruido extraño buscaba como un cachorro el amparo de la manada para escapar de mis temores infundados. Lo que uno no espera, desde luego, es que en un sitio abandonado durante treinta años, al coger el teléfono, siga dando línea.





Entra habitaciones, baños y cocinas varias lo más impactante estaba por llegar. Localizamos lo que había sido un hospital-clínica y para dentro que nos fuimos. Algunas habitaciones para pacientes al principio del pasillo daban hacia un pequeño quirófano, un espacio donde se practicaba la odontología y un laboratorio. Éste último conservado de una excelente manera, con muchos de los recipientes y reactivos todavía colocados en su estante cubiertos del polvo que había dejado el paso de los años. Acojonante esta parte.







La visita duró todo el día, y terminó en un edificio de dos plantas que parecía haber servido como residencia para estudiantes. En éste concretamente, daba la sensación de que la gente había tenido que irse a toda prisa de sus casas. Muchos de los objetos personales y cotidianos seguían intactos, y se hacía divertido intentar adivinar qué tipo de personas habitaban aquellas habitaciones observando sus pertenencias. Aún  no alcanzo a entender como un lugar así puede permanecer tres décadas en ese buen estado de conservación, pero sinceramente me alegra que todavían puedan pasar cosas así.





¿Quién hay ahí maldita sea?

*Así lo vivieron Guille y Nerea.

lunes, 24 de septiembre de 2012

EL CABEZÓN IBÉRICO

Rezan las voces populares que el hombre es el único animal que es capaz de darse dos veces de bruces con la misma piedra. Dudo mucho que no haya por ahí alguna otra raza de mono que tenga tamaña habilidad, dadas las evidentes similitudes interespecie. Aunque Dios me libre de ir contra el sabio pueblo, que bien sabe como ser soberano.

Allá por marzo de 2011 puse en marcha la que sería conocida como Operación Jabugo. Para los nuevos y profanos en mis operaciones secretas, aquella consistió en intentar introducir un pernil completo en suelo nipón, con insólito resultado. Aquel jamón acabó siendo devorado meses despúes en la habitación de un hotel de la ciudad china de Macau. Para el que no se entere de lo que estoy hablando que lea aquí y aquí.

Antes de embarcar en el vuelo que me devolvería a mi casa, encontré en el aeropuerto de Tokio una advertencia para los osados que se atrevieran a transportar carne a Japón. Parecía que a esos simpáticos perricos les gusta el cerdo ibérico igual o más que a nosotros, así que cuidado. Y aquello se quedó en una esquina de mi cabezón sin que yo me acabara de percatar del todo.


Tras parpadear dos veces me dí cuenta de que se habían terminado mis vacaciones en España. Tiempo para ir a comprarme algunos caprichos de los que no puedo disfrutar en Japón. Enfrascado en una entretenida charla con el charcutero que me cortaba unos trozos de queso manchego, decidí que había llegado el momento de intentarlo de nuevo. - ¿Paletilla entonces al vacío? - me preguntó. - ¡Venga! -, respondí. - Pero, ¿normal o de Jabugo? -, me dice el tío mamón. ¡Qué demonios! ¡Si voy a intentarlo lo intento bien señora!

Y allí estaba yo de nuevo enfrentándome a mis fantasmas, en la cinta esperando mi maleta con varios de los perricos come-carne olisqueando todo lo que se movía alrededor. Maldita sea qué momento tan malo. Sale la mía y la cojo raudo dirigiéndome hacia uno de los controles. Trámites mediante, yo intentaba despistar al policía hablándole cuatro palabras en japonés. Eso fue justo antes de que me dijera que podía pasar sin más. ¡Oh Dios mío! Estaba dentro y mi jamón venía conmigo para ayudarme a pasar los primero momentos de nostalgia patria. Esta vez sí joder.


¡Buena semana!
**Ojo al logo especial para el otoño del gran Andrés Jarit. ¡Gracias!

jueves, 20 de septiembre de 2012

NI SIQUIERA SABES DECIR ADIÓS

Un mes fuera del entorno habitual hace que una treintena de días se conviertan en muchos más que tres veces diez por el cúmulo de experiencias y situaciones que se presentan cuando uno se encuentra en ruta. Cada momento ocurre algo nuevo, cada mañana te despiertas en una cama distinta de un pueblo diferente, rodeado de extraños que fueron amigos cercanos por unas horas. Tu cerebro se encuentra más alerta que nunca, por un lado para absorber cada gota de lo que se le antoje interesante, por otro para intentar descifrar idiomas que no había oído antes, miradas que vienen de ojos y razas distantes y curiosas.

Y así empezó todo. Mi viaje iniciático a Tailandia me confirmó que no sé absolutamente nada. Viajar sólo es algo que nadie debería perderse, así que no dejéis que vuestros miedos se lleven el gato al agua. No digo que todo sea maravilloso, pero sí digo que conoceréis a muchas buenas personas, a otras tantas más bien malas, y que conoceréis lo que hay de bueno y malo en vosotros mismos. Así es como me percaté de mi ignorancia, encontrándome con genios expertos en esto de recorrer mundo, escuchando sus increíbles historias y la sencillez de sus métodos para ser felices. Entiendo perfectamente a quien necesita un trabajo fijo, una rutina marcada, una casa y un coche para ir de vacaciones quince días en agosto a la playa, pero hay otras formas de vivir que no pasan ni de lejos por todo eso. Y me parece fundamental conocer a quienes necesitan unas cosas y no otras. Y a otros a los que con poco más que lo fundamental tienen más que suficiente.

De todos los caminantes que me crucé me despedí de diferente manera. A algunos de una forma igual de fugaz que el tiempo que disfrutamos juntos, de otros recién conocidos con más tristeza de la que cabría esperar. De mis anfitriones alemanes fue dulcemente rutinario, a cada visita siento que parte de mi hogar se queda en ese lugar para darme calor cuando vuelvo. Las complicaciones vendrían en un lugar de La Mancha al que cada vez vuelvo con menos frecuencia. Allí estaban esperándome muchos de los que yo considero indispensables. Diez días por delante para verlos, para tocarlos, para encontrarme con quienes no pude ver en mi anterior visita a Albacete. Y todo salió casi perfecto, con los únicos peros de tener que enfrentarme a decirles que había llegado el momento de partir.

No sé, o al menos, ya no.

Parecería lógico pensar que después de haberlo hecho tantas veces la experiencia me daría el temple necesario para afrontar estas situaciones. Pero no, cuantas más veces ocurre más difícil se me hace, como en una triste ecuación exponencial que tiende irremediablemente al infinito de la melancolía. Dime cómo decirles que no tienes una fecha para volver a verles, dime cómo hacerles ver lo importante que son si ni siquiera soy capaz de pronunciar palabra. Esta vez fue la más complicada, aunque me temo que no es más que el preludio de lo imposible que resultará la próxima.