Son de esas cosas que ves en el telediario mientras comes en casa con la familia un domingo cualquiera. Sonidos de fondo que se repiten año tras año y que los poderosos medios hacen míticos en tu retina. Correr una maratón no estuvo nunca entre esos objetivos cercanos en la lista, aunque cierto es que como aficionado a todo lo que huela a deporte, es algo que está ahí, quieto y lejano, esperando su ocasión oportuna para salir a escena. Supongo que todavía no era el momento.
Como son los genios los que mueven el planeta, no hará ni cinco meses que a Oskar le dió por medir los metros que tenían las calles de Tokio. Y en pleno invierno señora. Se le cruzó que iba a prepararse la gran carrera en ese escaso margen de tiempo, lo que le llevaría a renunciar a casi todo para conseguir un poco más. La primera norma de una gran filosofía. Día a día lo vimos disfrutar y sufrir, y sufrimos y disfrutamos viendo que el veía que allí estaríamos apoyándole. Y así surgió la idea.
Como son los genios los que mueven el planeta, no hará ni cinco meses que a Oskar le dió por medir los metros que tenían las calles de Tokio. Y en pleno invierno señora. Se le cruzó que iba a prepararse la gran carrera en ese escaso margen de tiempo, lo que le llevaría a renunciar a casi todo para conseguir un poco más. La primera norma de una gran filosofía. Día a día lo vimos disfrutar y sufrir, y sufrimos y disfrutamos viendo que el veía que allí estaríamos apoyándole. Y así surgió la idea.
Guillermo y yo mismo le acompañaríamos un ratejo desde el kilómetro 24. Ese punto no estaba elegido al azar. Según los expertos cerca de los 30 kilómetros muchos corredores pueden sufrir una pájara que denominan coloquialmente "el muro", y allí queríamos estar por si hacía falta poner nuestras manos, hombros y espaldas para que Oskar saltara esa oscura tapia psicológica. Como no nos habíamos apuntado al evento no sabíamos si nuestra idea de abordar cual piratas la carrera iba a dar buen resultado. Al llegar al lugar acordado vimos que tal vez no sería tan sencillo. Todo el mundo llevaba su dorsal oficial y había un voluntario/vigilante de la organización cada diez metros. No fueron más que estúpidos miedos de novatos. En cuanto el de Zalla paso por allí nos incorporamos a su cruzada ataviados con sendas ikucamisetas.
Nos llamaron entonces Ikuboys, y ya nunca dejarían de hacerlo.
Nuestro objetivo siempre fue correr una hora. Es lo que habíamos preparado y no las teníamos todas con nosotros con que terminaríamos el asunto con éxito. No habrían pasado ni trescientos metros cuando me dí cuenta que no tenía ni idea de dónde me había metido. Estaba totalmente equivocado. Desapareció toda preocupación de si lo conseguiría. Todo daba igual, aquello era simplemente increíble. Miles de personas sin parar de animarnos convertían el recorrido en una fiesta de disfraces, bailes y gritos que te llevaban en volandas al siguiente kilómetro. Desde Nihombashi enfilamos camino hacia Asakusa acompañados por un río de almas que luchaban por no desfallecer, por aguantar unos metros más. Jóvenes, parejas, señoras y ancianos se repartían las fuerzas en una competición que no era tal, y donde sólo había sitio para el buen rollo y el espíritu deportivo.
Con Oskar dándolo todo giramos en la puerta Kaminarimon (雷門) para devolver parte del camino a nuestros pasos y ver como Ginza nos señalaba el camino a la isla de Odaiba. Era hora de dejarlo seguir y retirarnos. Habíamos corrido durante una hora y cuarenta minutos y no nos habíamos enterado. Nos enteraríamos pero bien al día siguiente cuando la adrenalina, los ¡ganbare! y las risas se hubieran apagado con las luces de aquel impresionante domingo.
Caminando hacia las motos sólo pensábamos ya en que Oskar pudiera llegar a la meta, aunque a mí no me quedaba duda alguna de que así sería.
Y llegó. Vaya que si llegó.
Nos llamaron entonces Ikuboys, y ya nunca dejarían de hacerlo.
Nuestro objetivo siempre fue correr una hora. Es lo que habíamos preparado y no las teníamos todas con nosotros con que terminaríamos el asunto con éxito. No habrían pasado ni trescientos metros cuando me dí cuenta que no tenía ni idea de dónde me había metido. Estaba totalmente equivocado. Desapareció toda preocupación de si lo conseguiría. Todo daba igual, aquello era simplemente increíble. Miles de personas sin parar de animarnos convertían el recorrido en una fiesta de disfraces, bailes y gritos que te llevaban en volandas al siguiente kilómetro. Desde Nihombashi enfilamos camino hacia Asakusa acompañados por un río de almas que luchaban por no desfallecer, por aguantar unos metros más. Jóvenes, parejas, señoras y ancianos se repartían las fuerzas en una competición que no era tal, y donde sólo había sitio para el buen rollo y el espíritu deportivo.
Con Oskar dándolo todo giramos en la puerta Kaminarimon (雷門) para devolver parte del camino a nuestros pasos y ver como Ginza nos señalaba el camino a la isla de Odaiba. Era hora de dejarlo seguir y retirarnos. Habíamos corrido durante una hora y cuarenta minutos y no nos habíamos enterado. Nos enteraríamos pero bien al día siguiente cuando la adrenalina, los ¡ganbare! y las risas se hubieran apagado con las luces de aquel impresionante domingo.
Caminando hacia las motos sólo pensábamos ya en que Oskar pudiera llegar a la meta, aunque a mí no me quedaba duda alguna de que así sería.
Y llegó. Vaya que si llegó.













