Demasiada comunicación. Parafraseando a Homer Simpson, uno de los hombres con el que hemos aprendido a relativizar el éxito, andaba yo pensando el otro día en algo que es de capital importancia cuando se respira a muchas millas de la lengua materna. Comunicarse, qué cosa señores.
Un día, hace ya de tres a cuatro lunes, salí yo con lo puesto de mi casa en Albacete. Era un chaval sencillo, sin malicia, con el poco inglés que el maltrecho sistema educativo español lleva décadas ofreciendo cruelmente a nuestros niños pero, sinceramente, sin demasiado miedo. Así, una vez llegué a Japón, tuve que adaptarme a mi nuevo ecosistema para poder sobrevivir. Se habían acabado las bromas, había que ponerse a hablar sí o sí, y así sucedió casi sin darme cuenta. Pero en este caso había dos tazas de sopa en lugar de una, y si alguna vez quería yo encontrar la sal en los estantes del super, tendría que hacerme con un nivel de japonés al menos básico. Ya estaba bien de comer paella dulce; eso tenía que terminarse inmediatamente.
Entonces es cuando llega el serio momento de hablar con gente. Ya no hay vergüenzas ni historias, hay que intentar decir lo que quieres decir buscando las mañas que sean necesarias y cometiendo los errores garrafales que te enseñarán el camino para no volver a encontrarte con ellos de nuevo. Y es en esa interacción con el interlocutor de turno donde yo encuentro la clave de todo. Hay personas con las que es tremendamente sencillo comunicarse. Saben escuchar, miden las pausas, te corrigen con tacto, se apoyan en su lenguaje corporal, encuentran el modo de ordenar tu desordenada gramática o tienen un jodido don divino. No lo sé. Pero son capaces de hacerte sentir a gusto en un idioma que dista horizontes de ser el tuyo, motivándote en cada frase, ayudándote con refuerzos positivos que no mereces, convirtiéndose al fin y al cabo, en una comprensiva mamá idiomática que te arropa cada noche en tu aprendizaje.
Y como no hay dos sin tres, ni cuatro pies le busques al gato de la vecina, también están los individuos a los que se les negó la comunicación por decreto. No es que no sepan hablar; de hecho en muchas ocasiones son inteligentes, cultos y dominan varios idiomas, sino que se pasan las conversaciones buscando el fallo del que no sabe, puntualizando los errores de manera que roza lo maleducado, riéndose de la pronunciación del que tienen enfrente y, en resumen, frustrando al que aprende y llevando a esa persona con la que hablan a que tenga ganas de callar para no pecar. Personajes impacientes (menos mal que son pocos), que uno juraría que nacieron doctorados y con honores. Así que con esos que hable su padre, que es el único que tiene obligación familiar y moral.
Evaluarse a uno mismo es complicado, pero desde que soy consciente de esta realidad que era ajena a mí hasta hace un tiempo, intento mejorar en ello todo lo posible y cuando hablo con alguien que está aprendiendo español o inglés, procuro parecerme todo lo posible a uno de los buenos, y me invade una empatía que me hace explayarme en ánimos con quién sea que esté charlando.
Pero no perdamos el rumbo con el que salimos de puerto. Volvamos a la paráfrasis que inspiró todo lo anterior. Tan importante considero yo la existencia de comunicación como su parcial ausencia. Y es que en determinadas ocasiones no tener un 100% de comunicación con una persona no sólo es que no sea negativo, sino que puede evitar situaciones desagradables y daños qué solo pueden hacerse con los giros del lenguaje; esas simpáticas y ofensivas puyas que todos usamos alguna vez en nuestro idioma y que aderezadas con mala leche no generan nada bueno.
Pues de todo eso nada, te haces el loco cuando no te interesa, y a otra cosa. Grande Homer.
Un día, hace ya de tres a cuatro lunes, salí yo con lo puesto de mi casa en Albacete. Era un chaval sencillo, sin malicia, con el poco inglés que el maltrecho sistema educativo español lleva décadas ofreciendo cruelmente a nuestros niños pero, sinceramente, sin demasiado miedo. Así, una vez llegué a Japón, tuve que adaptarme a mi nuevo ecosistema para poder sobrevivir. Se habían acabado las bromas, había que ponerse a hablar sí o sí, y así sucedió casi sin darme cuenta. Pero en este caso había dos tazas de sopa en lugar de una, y si alguna vez quería yo encontrar la sal en los estantes del super, tendría que hacerme con un nivel de japonés al menos básico. Ya estaba bien de comer paella dulce; eso tenía que terminarse inmediatamente.
Entonces es cuando llega el serio momento de hablar con gente. Ya no hay vergüenzas ni historias, hay que intentar decir lo que quieres decir buscando las mañas que sean necesarias y cometiendo los errores garrafales que te enseñarán el camino para no volver a encontrarte con ellos de nuevo. Y es en esa interacción con el interlocutor de turno donde yo encuentro la clave de todo. Hay personas con las que es tremendamente sencillo comunicarse. Saben escuchar, miden las pausas, te corrigen con tacto, se apoyan en su lenguaje corporal, encuentran el modo de ordenar tu desordenada gramática o tienen un jodido don divino. No lo sé. Pero son capaces de hacerte sentir a gusto en un idioma que dista horizontes de ser el tuyo, motivándote en cada frase, ayudándote con refuerzos positivos que no mereces, convirtiéndose al fin y al cabo, en una comprensiva mamá idiomática que te arropa cada noche en tu aprendizaje.
Y como no hay dos sin tres, ni cuatro pies le busques al gato de la vecina, también están los individuos a los que se les negó la comunicación por decreto. No es que no sepan hablar; de hecho en muchas ocasiones son inteligentes, cultos y dominan varios idiomas, sino que se pasan las conversaciones buscando el fallo del que no sabe, puntualizando los errores de manera que roza lo maleducado, riéndose de la pronunciación del que tienen enfrente y, en resumen, frustrando al que aprende y llevando a esa persona con la que hablan a que tenga ganas de callar para no pecar. Personajes impacientes (menos mal que son pocos), que uno juraría que nacieron doctorados y con honores. Así que con esos que hable su padre, que es el único que tiene obligación familiar y moral.
Evaluarse a uno mismo es complicado, pero desde que soy consciente de esta realidad que era ajena a mí hasta hace un tiempo, intento mejorar en ello todo lo posible y cuando hablo con alguien que está aprendiendo español o inglés, procuro parecerme todo lo posible a uno de los buenos, y me invade una empatía que me hace explayarme en ánimos con quién sea que esté charlando.
Pero no perdamos el rumbo con el que salimos de puerto. Volvamos a la paráfrasis que inspiró todo lo anterior. Tan importante considero yo la existencia de comunicación como su parcial ausencia. Y es que en determinadas ocasiones no tener un 100% de comunicación con una persona no sólo es que no sea negativo, sino que puede evitar situaciones desagradables y daños qué solo pueden hacerse con los giros del lenguaje; esas simpáticas y ofensivas puyas que todos usamos alguna vez en nuestro idioma y que aderezadas con mala leche no generan nada bueno.
Pues de todo eso nada, te haces el loco cuando no te interesa, y a otra cosa. Grande Homer.
¡Buena semana a todos!













