¿No os ha pasado? ¡Pues que no os pase!
A las ocho de la mañana en la estación de Ueno. Midori, Guille, Ignacio y Nerea me regalaban un día de esquí por mi cumpleaños, donde todas las instrucciones eran esas. Yo allí como un reloj. Tren bala, y en 75 minutos en destino. Salgo de la estación y la vista se lleva el primer punto.

Antes de reaccionar, y gracias al contacto de unos de los franceses que nos acompaña, mini-bús de un hotel que nos recoge para llevarnos a pistas. En una hora y media del centro de Tokio a los remontes. El segundo punto llega de manos francesas de nuevo. Habitación para cambiarse y dejar las mochilas a veinte metros del remonte. El aliño queda completo por la poca aglomeración de gente, la buena compañía y el día soleado que nos acompaña. Sólo me queda tiempo para deslizarme y disfrutar reflexionando sobre lo que se me ofrece delante de mis ojos.
Se acerca el cierre y aprovechamos la luz artifical para hacer la última bajada de noche. Ahora llega el momento jodido. No. No en este regalo, no con estos simpáticos gabachos. Resulta que tenemos acceso gratuito al ofuro que se encuentra anexo a nuestro vestuario. Señor, qué gustazo.
Bañico caliente y más sorpresas. Cena en el mismo hotel. Comida revitalizadora, cañas, vino con especias y risas a partes iguales completaron un día difícil de olvidar.
Querido diario: recibí un increíble regalo y aprendí dos cosas nuevas e importantes. Una, que se puede ir a esquiar de ida y vuelta sin sufrir la parte negativa y dolorosa. Y Dos, y más preocupante, resulta que hay franceses más majos que el copón.
¡Muchas gracias a los cuatro!




